lunes, 18 de noviembre de 2013

"Me enseñaron a respetar...pero tambien a reclamar con FURIA cuando se lesionan mis derechos"



CONVERSANDO SOBRE LA MEDICINA Y EL
MEDICO CON LOS PARLANTES


Por Dr. Nelson Muy Lucero. MD




La MEDICINA, es una más de las nobles y sensibles profesiones en el mundo. Para desempeñarnos como médicos, es indispensable tener VOCASION, para luego brindar su servicio al ser humano, sintiendo que es la única profesión, que tiene una muy particular sensibilidad, en su lucha diaria en contra del DOLOR, LA ENFERMEDAD Y LA MUERTE, pero inspirados en una profunda FE SOBRE LA VIDA.

Frente a los altivos reclamos promovidos últimamente por la clase médica, para defenderse de sus verdugos se abrieron espacios de diálogos con los que había que hacerlo, porque solo así las cosas mejoraran para su defensa tanto de los pacientes y de los facultativos.

A pesar que muchos arremetieron ciegamente contra la clase médica, con altura y dignidad se fueron sorteando a esos enemigos gratuitos, pero también receptando el agradecimiento y solidaridad de miles de seres humanos.

Los médicos estamos acostumbrados movernos en los espacios críticos, en las “arenas movedizas”, donde nada amedrenta a estos modestos “escolapios”, que nos hemos pasamos la vida enfrentando a la enfermedad, siempre tratando de doblegar al furibundo ataque de los gérmenes; es aquí, donde el dolor, la enfermedad y la muerte nos vuelven experimentados profesionales, cada vez mas humanos y solidarios.

Si alguna vez me preguntaran, que si volviera a ser MEDICO, a pesar de tanta circunstancia adversa, les respondería ¡QUE SI!...por todas aquellas experiencias acumuladas y por las satisfacciones cosechadas por la labor cumplida, en todos aquellos lugares donde se las ejerció con profundo amor su profesión…¡YO VOLVERIA A SER MEDICO!

 Cuenca, 18 de noviembre del 2013

viernes, 15 de noviembre de 2013

ayer lo ví y lo sentí...pero HOY SON RECUERDOS......


Recordando los viejos tiempos:


  ¡AQUELLAS COSITAS…que ya no veo
en mi pueblo!


Por Dr. Nelson Muy Lucero. MD

En el ir y venir por la vida, intento refrescar mi memoria con esas vivencias de antes, dando un particular repaso a los hechos y cosas que fueron, y que ya no veo, en nuestro pueblo.

Antigua, Iglesia Colonial del Canton Gualaceo


Comenzaré, por los domingos cuando tocaba “mudarse”-colocarse la mejor ropa- y acudir a los toques de campanas de la otrora primera Iglesia Colonial que ya no está, que nos llamaba a la primera misa. Las mujeres, ordenaditas en casi obligada compañía, con velo o con reboso, los zarcillos o candongas, el bolsicón y el paño. O cuando las veías con la cesta seguro que iban con rumbo a la plaza, camino del horno o del molino de granos, sin faltarles nunca aquel delantal de los mil y un usos. Prohibido olvidar a los hombres de la vieja guardia, con su casimir y el clásico sombrero “el borsalino”-la mejor marca de la época-.

Lo que ya no veré mas es caminando por estas calles, a la emblemática figura de nuestro cantón, identificada como la típica “chola gualaceña”, mujer de mirada vivaz, con zarcillos grandes, movimientos cadenciosos y agradables, con su sombrero de blanca paja, falda corta y cintillo negro, su colorida pollera, la blusa bordada y luciendo los floridos paños gualaceños cubriéndola desde sus hombros, y caminando sobre zapatos de charol.

Si retrocedemos en el tiempo nos veremos convertidos en chiquillos, a veces con pantalones cortos de supernaval y tirantes, subiendo o bajando a la carrera, por estrechas calles de tierra, y por la única calle empedrada existente…rumbo a la escuela, frente a los maestros y entonando canciones ensayadas, eran tiempos del pupitre, tintero, carril de cartón y escasos útiles escolares; esperando la llegada del momento más esperado el recreo para desayunar la “leche en polvo” como regalo de los americanos.

Como si fuese ayer, recuerdo haciendo los mandados, entrando y saliendo de aquella botica de toda la vida; de las pequeñas tienditas del pueblo, de la casa del abuelo, de los tíos, de las panaderías; por allí también estaban las oficinas del estanco con sus guardas (Heriberto Molina (+) René Guillén(+); 


a la carrera pasamos, haciendo rodar con el penco la ruedita de caucho, por la Manuel Moreno, la calle de los herreros allí siempre estaban, los Hnos. Rodríguez, los Avecillas, al Virgilio “el paleta Avecillas”(+), al Segundo Álvarez(+); mencion especial para el recuerdo se merece Don Manuel Guaraca "el clavito", un maestro en su rama de fundidor, inventor y creador con enorme similitud a las piezas metalicas originales en acero y hierro vaceado, utilizados en la construcción de trapiches, alambiques...todo esto sucedía en el barrio de la "quebrada" el chorro, etc.;

todo estaba tan cerca y ya se percibía, el horno de los Pozos, de los Coellares, de los Farfanes, de los Izquierdos, y de las panaderas de la calle Loja. La casa confitera de la familia Moreno.

Porque no rememorar escenas como la llegada de las Gitanas, leyendo la mano y convenciendo al ingenuo ciudadano; cuando “los apagones” se producía de aquella tenue luz eléctrica por las noches se escuchaba como un clamor el pedido de la niñez, que agitados repetíamos:…Abelito…Abelito no te vayas por favor y nos parecía que nos escuchaba…y la luz no nos dejaba, para no tener que echar mano de la velita o del candil.  Familias enteras se las pasaban esperando la llegada del correo.

Las memorables visitas al barbero que con sus anticuadas máquinas rasuraban y realizaban los cortes de pelo, con un solo modelo; las pesadas en la romana y en nuestros hogares a ayudarle a la abuela dándole vueltecitas al molino doméstico para obtener la harina del maíz o la “mazamorra” del choclo, que ricos panes desde el horno o las tortillas desde el tiesto, nos esperaban en la mesa, con una taza de un hirviente café tostado en casa.

Tradicionales tortillas de maíz
Los jóvenes de antaño, se autoconvocaban…¡vamos a granear!...y salían en “gallada”, caminando por senderos previamente conocidos, conversando y riéndose con las ocurrencias más extravagantes…ya de regreso, se tropezaban con las aves más conocidas, ¡las gallinas o un buen gallo!...mirándose entre ellos, esperaban que el más avezado se lance y atrape a la indefensa ave, con el menor de los ruidos posibles, luego entrada la noche vaya a parar en una olla de agua hirviente, de una fonda conocida, donde expertas en el guisado preparaban un buen “seco de gallina”…así terminaba las tardes del graneo por las praderas de mi pueblo, en un fin de semana, especialmente en los “añorados” tiempos de vacaciones.

Hemos llegado al punto, donde echo de menos a los juegos del fútbol y las escaramuzas como cierre de las festividades religiosas, en aquel campus del antiguo estadio municipal.

Todo recuerdo me parece increíble de aquellos tiempos, cuando contemplaba aquellas callecitas con casas de puertas siempre abiertas, dispuestas al auxilio solidario y con cuartos a la calle para los distintos oficios como el de los sastres: 




de los maestros Punín, del maestro chileno (+), de los Coellar, de los Balbuca, de los Guaraca; de los zapateros: 


Don Darío Iñiguez (+), Alfredo Berzosa (+), Daniel Sarmiento (+), Don Alberto Cueva (+) y de aquél hábil hombre del pueblo que todo lo arreglaba, el anónimo “maestro cañarejo”; de los hojalateros, desempeñados por los Hnos. Salinas.



En aquellos tiempos...de tanto en cuando, aparecían con sus pitos o silbidos o con el grito, anunciando su presencia, los ambulantes como el estañador –soldador de las ollas de aluminio-, el afilador -para todos los objetos domésticos cortantes-.

Salgo a dar una última vueltecita y voy a meterme en el café de “La Posada de la abuela”, donde vivió gran parte de su vida la distinguida matrona doña Herlinda Luzuriaga Avecillas (+) dueña de la primera fonda en este pueblo y de los más grandes secretos de la cocina gualaceña. 


Como poder dejar de nombrarles a aquel manojo de costumbres que marcaron esa época en todas las familias gualaceñas, la tertulia en delante de las hogueras o las “tullpas” de un fogón.

Se vivieron épocas en la que todavía se denunciaban por trabajar los domingos; se pagaban los diezmos y primicias; se conocía y se negociaba con “el cale”, el trueque; había que esperar dos horas para la digestión y luego a dormir; el uso continuo de la “alpargata justiciera” apetecida por los “malcriados” y el uso de los remedios “caseros” los purgantes y las infusiones en tacitas de té; las gaseosas que se producía en el pueblo, era considerado como el refresco popular, que acompañado del buen pan, el almuerzo estaba servido; en las tiendas del pueblo las compras al peso del arroz, fideos, azúcar, sal, galletas y las latas de sardinas y el vino “moscatel” para los “onomásticos”; el amasijo para toda la semana y llevando al horno la lata con patatas o la cazuela de arroz, para los calentados.

Como en todos los actos, siempre juntos el párroco y vicario, sacristán y campanero, Iglesia y convento…para la misa era obligatorio llevar el traje gris de la primera comunión y tener que ayunar antes de comulgar.

En el recorrido hacemos falta: A nuestra mini central eléctrica, a aquella radio, a la central del telégrafo en la casa de la familia Delgado. El Hospital Viejo. Al Dr. D. Manuel Antonio Coello (+), el primer boticario del pueblo. Los cuartos de los escribanos con su frente a la c/Gran Colombia. Al Sr. D. Jesús Blandín un letrado hombre, fundador de instituciones, lector y escritor de centenares de cartas enviadas por ciudadanas de este cantón a los enamorados o esposos ausentes en cualquier parte. A la Quinta Adelita. Los barrios de la arcadia, patúl, el chorro. A la familia Moreno como los artesanos de los confites, chispiolas y caramelos. A D. Enrique Álvarez Luzuriaga (+) deportista y pequeño empresario para las proyecciones de las películas sobre un telón blanco en las esquinas de este pueblo, reconocido como el eterno prioste de la cruz verde en el puente blanco. 


Peliculas mexicanas de los vaqueros, 
de los machisimos y valientes que se 
proyectaban en esas épocas


A la comisaria nacional, a las barracas del pueblo. A la mazmorra como insipiente cárcel del pueblo, en la c/ 3 de noviembre, que se accedía bajando dos y medio metros bajo tierra, con un área de dos m2, piso de tierra, en la entrada una vieja puerta de madera y barrotes de hierro, en la parte posterior del hoy edificio municipal.


La carcel antigua de Gualaceo, era una mazmorra


Ya no los veo, a los tejedores de reatas y teñidores de paños en el sector del actual estadio, “Barrio de Chacapamba”. A la plaza de ganado y de los granos. A las comerciantes de “paja toquilla” del pueblo, a las familias Molina, López, Tacuri y Vásquez. Ya no están las fábricas de colas, los viejos “mataderos de reses”, en los patios grandes de tierra posterior, de las viejas casonas en este pueblo y los solares acondicionados para los mulares.


La carne de res uno de los alimentos 
preferidos en la población


Parece que fue ayer… ¿te acuerdas?...Pero debes estar tranquilo porque como lo dijera un anónimo: “El tiempo puede llevarse todo, menos los recuerdos…y estos, serán un tesoro que lo guardaras en el corazón…”…Que todo esto te sirva como acicate, querido lector, si te parece te extiendo la invitación para agregar a esta lista, otros sucesos que lo puedes tener escondido en el cajón de tus recuerdos.

15 de noviembre del 2013

miércoles, 13 de noviembre de 2013

GUALACEO...Un pueblo que va perdiendo su pasado




El futuro debe construirse…RESPETANDO EL PASADO


Por Dr. Nelson Muy Lucero. MD


En el mundo habrá gente que no se quieren ni ellos mismos…de todo reniegan…para ellos todo es malo y pecaminoso…todo lo que se hace por mejorar, les enferma…a pesar de ello tenemos que avanzar.

Hay gente con el cerebro de una tzantza, que lo único que le importa es construir el futuro y deshacerse lo más pronto posible de todo lo que sea considerado “viejo”, como si aquello le estorbara, como si estuviese cansado de saborear lo que fue esencia de su pasado, como si fuese aquel molestoso lastre.

Escucho con amargura lo que se piensa, que para construir se debe destruir; que para edificar, se debe acabar de una vez por todas con todo lo que se considera “vejestorios”, que según ellos, solo entorpecen el progreso. Y a todo el que piensa diferente le dicen tener una mente desequilibrada y que viven “emperrados” por el pasado; pero lo que no quieren pensar es que nuestro paso por la vida no se entendería sin ese pasado.

Como lo diría mi abuelo, no aumentemos distancias, busquemos la forma de acortarlos y la única manera es solucionar este impase, y para ello necesitamos encontrar un punto de equilibrio entre las partes, el mismo que es necesario, porque no debemos cerrarnos frente al cambio, pero tampoco podemos renegar de nuestro pasado; entonces debemos encontrar ese EQUILIBRIO entre lo que conservamos del pasado y lo que vendrá.

Solo así entenderemos que avanzar es construir y conservar; si destruimos el pasado debemos tener conciencia que retrocederemos, porque la vida tendrá sentido de acuerdo con lo que hayamos hecho, entonces solo así comprenderemos que el pasado servirá de base para el futuro y el futuro se construirá sobre el pasado.


¡Solo espero no haberles confundido más de lo que no quieren entender…aquellos que permitieron en mi pueblo derrumbar, lo histórico y lo patrimonial…!

lunes, 4 de noviembre de 2013

La c/Manuel Moreno, fue la C/DE LOS HERREROS


Recordando los Viejos Tiempos:


LAS FRAGUAS DE MI PUEBLO

Por Dr. Nelson Muy Lucero. MD




Esa estampa de Gualaceo, se ha perdido. Cuantos recuerdos y añoranzas pretendemos evocar a nuestros mayores, en una parte por el trabajo de labrar las rejas, y por otra, por ser los talleres del herrero, un centro de tertulia de los hombres que vivieron haciendo pueblo y como alguien comentó con acierto, en aquellas “fraguas” estaba una universidad de los gualaceños.

Entre los ensordecedores golpes de martillos y combos, que a diario se escuchaban en el barrio de los herreros, estos siempre se daban tiempo para comentar las cosas que estaban “ocurriendo” en el pueblo, las charlas estaban amenizadas y contadas humorísticamente y según los acontecimiento las risotadas y chacotas no se hacían esperar, con algún vecino ocioso que pasaba por "allí" y la persona que hacía de ayudante improvisado para soplar el fuelle, ya que este trabajo era según el maestro era el más descansado, todo esto sucedía mientras esperaban poder beber una "fuercita" del trago o licor que lo tenía a buen recaudo, el dueño de la fragua.

La fragua del herrero, y todos sus utensilios, han ido desapareciendo de nuestro vocabulario; pero aún se conservan en nuestra memoria, esas pequeñas edificaciones, fáciles de identificar, unos cuartitos con puertas descuidadas, que daban a la calle, de aspecto triste y negruzco. El fogón, el fuelle con tobera, el yunque, la campana de la chimenea, etc., son parte de los elementos de la fragua. 



Todo el trabajo en la fragua se lo realizaba manualmente, encendiendo el fuego con el carbón como combustible ayudado de un enorme fuelle o bolsa de aire, colgado desde el techo, asentado en el fogón servía para avivar el fuego, manteniendo la llama y el calor, y cuando las brasas estaban en "su punto", ayudados de unas tenazas grandes, al hierro candente lo trasladaban al yunque para transformarle en distintitas formas geométricas, desde lo más fino hasta lo grotesco, retorciendo a las varillas candentes sobre su propio eje e incluso laminándolas y la reja al rojo vivo, sujetándole con tenazas, las iban labrabando a golpe de martillo sobre el yunque, dándole la forma deseada, para luego ir a parar a un pilón lleno de agua, para enfriarle y darle temple.

El herrero, para su mayoría de obras, no tenía ayudante alguno, pero cuando necesitaba de alguien, era el mismo que llegaba a solicitar su trabajo, escogido como ayudante para golpear una y otra vez el "macho", acompañados de algún  otro vecino. Pim, pam, pim, pam, pim, pam; así retumbaban los golpes sobre la reja caldeada apoyada en el yunque. Esos arreglos eran habituales poco antes de preparar las cementeras.

Trabajar en la fragua sin duda fue de los más extenuantes; el herrero, no era solo un artesano, era un personaje de singular importancia reconocido en todo Gualaceo; este no solo fabricaba, afila y arregla rejas, sino que también hacía y colocaba los herrajes para toda la caballería que llegaba al pueblo, también confeccionaba los distintos elementos metálicos como adornos en metal, las cerraduras, llaves de canuto, aldabas, picaportes, las antiguas puertas del cementerio, los enrejados que rodeaban al antiguo parque central en hierro forjado. Pero eso ya.....es historia.

Podemos hacernos a una idea del cómo era el Gualaceo de entonces, con una calle dedicada para estos artesanos; conociéndoles a estos personajes, fácilmente nos dábamos cuenta en que "nivel cultural" se reflejaba en aquellos lejanos tiempos un pueblo como el nuestro. Los que avanzaron a terminar la etapa escolar, tenían una gran caligrafía y eran extraordinarios dibujantes.

De los artesanos que he conocido, siempre lo aprendieron de un maestro, estas cualidades lo heredaron de sus antecesores.

 Cuenca, 4 de noviembre del 2013